19.2.09

Entre Paso de Jama y San Pedro de Atacama

CRUZANDO MI PRIMERA FRONTERA A DEDO


-Por Cecilia Hauff-

Entre enero y febrero de 2008, hice un fugaz viaje haciendo autostop (a dedo) por países de Sudamérica con Juan Villarino. Durante el periplo fui publicando algunos relatos y fotos del viaje en mi sitio Chica Latinoamericana. Esta es una de mis crónicas.
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(11 de enero de 2008)

Para llegar a San Pedro hay una larga bajada de 40 km que un camión la recorre en 2 horas (sí, dije dos horas) por el declive y las curvas que tiene. Los camiones cargan toneladas así que no pueden darse el lujo de descender a más de 20 km por hora porque el peso nos haría dar vueltas en el aire hasta abajo. Lo peor era que ya veíamos, allá al fondo del precipicio, una hora antes de llegar, las casitas y los árboles de la villa en el desierto, inalcanzables, deseadas, ¡qué ganas de bajar y caminar sus calles! Así que imaginen lo agotados psicológica y físicamente que llegamos a ese pueblo después de todos esos firuletes en vertical y horizontal, luego de haber estado a más de 4 mil metros de altura...

El plan primero fue que Rolando, el camionero que transportaba carne argentina a Chile (incluyéndonos), nos iba a dejar en Calama, una ciudad que está después de San Pedro y donde teníamos posibilidades de conseguir un contacto de Hospitality Club. Pero finalmente tuvo que quedarse a esperar a que fuera horario de oficina para terminar sus trámites de frontera, así que allí nos bajamos, en San Pedro, temerosos de ser arrasados por los precios de una villa turística para gringos para lo que no teníamos buenos salvavidas... Y así fue... Sabíamos que Chile, por el tipo de cambio fuerte que tiene, nos iba a resultar muy caro, pero este oasis de turistas extranjeros iba a ser peor.

Valió la pena frenar y conocer, es un lugar inolvidable, aunque hayamos dormido en un camping que costó como un hotel, y hayamos tomado agua hervida porque la mineral salía como 7 pesos argentinos... Ya Francisco, mi amigo salteño, nos lo había advertido.

Gastamos un dineral en una cena que consistió en saguchitos de fiambre y queso preparados por nosotros mismos, pero deliciosos. Descubrí que el sabor del jamón en Argentina estaba devaluado desde la crisis, y nos acostumbramos a lo mediocre sobreviviendo; y cómo se nota el contraste, para eso sirve viajar, para darse cuenta que los jamones argentinos ya no son tan ricos como los del milenio pasado... Qué pasa con la memoria gustativa, está bien que debimos acostumbrarnos a las marcas alternativas y a productos de menor calidad para abaratar costos, pero qué pasa, loco, volvamos a los niveles anteriores, seguimos pagando precios altísimos por sabores mediocres. Ni hablar de los jugos de fruta y los lácteos, defensores de los consumidores al ataque. Está demás aclarar que me encantó el yogur chileno, los jugos Watt's, los fiambres, los quesos... Mmmh...

Las callecitas de San Pedro tienen ese no sé qué, que se llama embotellamiento de peatones de todo el mundo. A mucha gente ese ambiente les fascina, pero no era lo que nosotros andábamos buscando en este viaje, así que al otro día decidimos salir de inmediato. Pero fue bueno estar ahí y sentir el viento del desierto atacameño al atardecer, que te hace temblar por un rato y después desaparece... Impresionante como "cae" una ráfaga de repente, helada después de un día caluroso, tirité, sentí la necesidad de meterme en mi carpita y no salir más, quedarme en un refugio, porque tenía algo de mágico, de hechicero ese viento...

Desde nuestra carpa, intentando dormir, estrenando bolsa de dormir térmica, escuchábamos las quenas, flautas y no sé qué otros instrumentos de viento más, que llegaban desde los restaurantes para turistas, mezcladas todas, pero bellas de igual manera, como templadas con el aire del desierto con un son particular, viajero, lejano, impulsivo... Hasta dónde llegarían las melodías de San Pedro, en esos paisajes marcianos, lunares, tal vez hasta allá por algún agujero de gusano intergaláctico...

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