La moda de las mujeres de Otavalo


DIARIO DE VIAJE DE UNA CHICA LATINOAMERICANA

Por Cecilia Hauff

Entre enero y febrero de 2008, hice un fugaz viaje haciendo autostop (a dedo) por países de Sudamérica con Juan Villarino, trotamundos. Durante el periplo fui publicando algunos relatos y fotos del viaje en mi sitio Chica Latinoamericana. Esta es una de mis crónicas.




Habíamos llegado desde la costa norte de Ecuador hasta Ibarra a dedo, allí decidimos que estábamos justo a un mes de iniciado el viaje, y nos quedaba justo un mes más para regresar. El plan inicial era llegar a Venezuela, pero estaba muy lejos todavía, la otra opción era llegar al caribe colombiano, o pasear un poco por el país de las FARC antes de volver, al menos pisar su tierra y poder decir luego: llegué hasta Colombia a dedo. Pero mi familia hacía presión por todos los medios para que no me aventurara a viajar en autostop por “tierra de guerrillas”; decidí hacerles caso esta vez porque vi que estaban sufriendo demasiado y eso ya no producía placer, estaba intranquila, hasta tuve miedo; así que eso me valió una discusión con Juan porque él quería seguir, él no cree en los mitos de guerrilleros peligrosos, y puede que tenga razón, pero algo me decía que era momento de volver. Al final pude convencerlo porque quedaba poco tiempo para el regreso, el viaje tenía un límite preestablecido porque yo tenía que volver a clases.

Al final, en Ibarra se plegó el viaje que apuntaba hacia el norte, y ahora comenzaba el descenso, y como Otavalo estaba tan cerca decidimos tomar un bus muy barato después de tanto estrés que nos produjo decidir qué hacer y cómo seguir. En el bus viajaban con nosotros unos gallos de riña en manos de sus jóvenes amos, iban a pelear al pueblo vecino. Ahí me di cuenta que uno no puede abarcarlo todo, viajando a dedo aprendíamos mucho, nos vinculábamos más con la gente local, pero en los colectivos se veía cada cosa también, intercalar medios de transporte diversifica la mirada.

Desde Ecuador, 6 de febrero de 2008

En Otavalo, nos llamó mucho la atención el cambio cultural de la gente que habita las sierras en contraste con los habitantes costeños. Esto se reflejaba a primera vista en la forma de vestirse de las mujeres de esta región. Ya en Ibarra habíamos visto algunas damiselas y doñas ataviadas de manera extraña, “vienen de la sierras muy lejos”, nos decían los citadinos. Pero no tuvimos el coraje de sacarles fotos dadas las circunstancias.

Luego descubrimos que no venían de tan lejos, porque en Otavalo estaban por todas partes estas mujeres, ataviadas de una manera muy pintoresca, homogénea y simpática, eran casi el 90 % de las que vimos pasar. Los hombres, sin embargo, no se ven tan tradicionales en su forma de vestir, a pesar de que vimos en folletos que el traje típico masculino está formado por pantalones blancos tipo pescador y zapatitos tipo suecos, que algo tienen de femeninos. Al principio me había llamado la atención que sus blusas fueran bordadas a la manera europea, mi escaso conocimiento me decía, tal vez de manera errada, que en América no se hacían bordados de ese tipo, sino más bien tejidos a telar con todos sus complicados diseños. Luego mi duda se la transmití a Mario, un estudiante de Ingeniería en desarrollo socio cultural que conocimos en Fauno, un bar de Otavalo, y él nos explicó que esas ropas no son originarias de estos pueblos que hablan quichua (y que no es lo mismo que el quechua), sino que se trata de una vestimenta impuesta por los colonizadores europeos para que sus siervos lucieran elegantes y prolijos según la moda europea... Qué cosas, ¿no?

Sin embargo, el uso de esos collares dorados tan largos, enrollados en los cuellos ocultos de estas mujeres, se me hace que provienen de más allá, de una herencia más ancestral que se mantuvo, como que le ponen un toque de onda nativa a la moda impuesta por los conquistadores. Imagino que tal vez, en la época de los imperios americanos, esos collares habrán sido de oro puro, material con el que les gustaba mucho adornarse a culturas como las de los incas... Pero sólo son conclusiones mías a ser verificadas...

Me encantó este exotismo que, según Mario, es una cuestión de marketing que se impuso para el turismo extranjero, pero hemos visto mujeres vestidas de esta manera fuera de Oatavalo, en el campo, en Quito, en quehaceres ajenos al marketing y lejos de la venta de productos artesanales, en las mujeres que trabajan la tierra, incluso, como si fuera una costumbre heredada desde hace tiempo y que está muy arraigada. Creo que la tradición era fuerte ya desde antes y que el marketing la supo explotar después...

Por otro lado, Nacho, otro amigo que contactamos gracias a Couch Surfing, nos contó que cuando hubo una primera ola de cultura indígena americana for export en Europa, Otavalo fue uno de los lugares que más se benefició vendiendo sus artesanías al exterior, lo que permitió que hoy sea una ciudad bastante grande y moderna. Nacho también cuenta que muchos indígenas volvieron de Europa enriquecidos y se construyeron “casas bien bonitas” en Otavalo. Consecuencias de la globalización y sus contrastes con la fuerte identidad.

A mi me gusta la moda de Otavalo, a pesar de su gris origen, a las mujeres la veo orgullosas con su forma de vestir tan original, además hay una moda, porque hay todo un mercado para ellas con diseños de todo tipo donde los accesorios cumplen un rol importante para dar un toque de personalidad sobre las ropas homogéneas. Me siento en la India, aquí Colón sí que se hubiera confundido de continente. Y a los extranjeros también se ve que les gusta Otavalo, pues abundan, principalmente los alemanes.


Mapa de Ecuador, Otavalo e Ibarra.

1 comentario:

Anónimo dijo...

soy chimboracence y me gusta la vestimenta de la mujer otavaleña en ocaciones me visto como ellas porque es bonito