28.7.08

Cuando Ecuador llama...

Otro lugar en mis recuerdos

Descubrí en las estadísticas de las visitas a este sitio que la mayoría llega al blog buscando información sobre Ecuador. Como nunca terminé de completar los relatos del viaje con Juan por éste y otros países de América del Sur, durante enero y febrero de este año, me pareció que responder a las inquietudes hipotéticas de algún viajero que esté armando su plan de ruta por este país es una manera eficiente de agradecer a los visitantes de un blog tan "despelotado" como el mío. Otra razón es que Juan también se quedó corto con las crónicas sobre este país en su blog y, la principal causa es que cuando una chica latinoamericana no puede viajar, se reconforta recorriendo recuerdos de viajes memoriosos.
Aunque, para no romper con el estilo que me caracteriza, el desorden seguirá predominando en este texto donde intentaré relatar mis impresiones (publicadas en varias partes, según preveo) sobre el país que más me gustó durante ese viaje. Como ya fui publicando algunas anécdotas un poco anacrónicas durante el periplo, puede ser que me repita en algunas cuestiones, es que me da "fiaca" releerme, y supongo que a muchos les debe pasar lo mismo, jé.

En la frontera con una señora tabla hacia Ecuador:

Entramos a Ecuador por la provincia del Oro, o sea por el sur, viniendo de Perú. No quiero que se entienda que no me gustó Perú, ya volveré a recordar este país en mis relatos próximamente. Lo que pasa es que me había cansado de tanto, tanto, tanto desierto que había comenzado en el noroeste argentino, después siguió en el Desierto de Atacama en Chile y como subimos por la costa del Pacífico por Perú cuesta arriba en el planisferio, la aridez parecía interminable. Páramos infinitos, sobre todo cuando uno viaja a dedo y los tiempos son imprecisos, en camiones pesados y lentos, en fin, tanto desierto frente a los ojos de una chica de corazón verde tropical resulta ser un shock duro de digerir. Definitivamente no pertenezco a la familia de los camélidos, tal vez me identifico mejor con los tucanes de pico largo o con los carayás (que son los monos aulladores).
(Mapa de la costa norte de Perú, con un click se agranda)

Playa peruana de Máncora al atardecer, un lugar donde los surfistas van a enamorarse ;). Ya publiqué fotos sobre este lugar aquí

Habíamos estado en Máncora, la famosa playa peruana de surfistas, y seguíamos levantando el pulgar hacia el norte. Ya no recuerdo los detalles de los vehículos que nos llevaron en cada lugar, para eso deberán estar atentos a las crónicas de Juan ya que él anota cada marca, modelo, señas particulares y minuto en que se detiene un vehículo para transportarlo, cuánto tiempo de espera requiere cada sitio, qué frecuencia qué ritmo tiene el tránsito en cada lugar, huellas socioeconómicas del espacio que nos contiene y su movimiento, etc.; todo esto constituye una forma de vida para Juan y forma parte de la gente que cultiva con más amor el folclore autostopista, personas con las que podrán aprender muchas cosas en su web que siempre recomiendo... Por oposición a esa precisión de datos tan necesarios para la comunidad mochilera, yo disfruto de los momentos tratando de creer que todos son momentos únicos y accidentales, me dejo impresionar por instantáneas que luego se acomodarán en mis recuerdos según un orden jerárquico de fuerza de impresión, o algo así. A mi me gustaría ser más ordenada y poder ser más constante en llevar una libreta de anotaciones o un diario de viaje que guarden para siempre mis experiencias, pero no puedo, los Beatles cantaron tanto tanto su Let it be en las radios de mi infancia que me contagiaron la frase, me la encarnizaron...
Hechas las disculpas y aclaraciones, volvamos al viaje...

Vista del Pacífico desde una camioneta entre Máncora y Puerto Pizarro (Perú). Ya había publicado fotos sobre este trayecto aquí.

De Máncora creo que fue una camioneta de chilenos surfistas la que se detuvo para llevarnos un tramo, subimos a la caja cuidando de no molestar ni incomodar a una señora tabla de surf, según recomendación de su dueño. En la doble cabina iban varios jóvenes con aspecto muy cool, rastas, ropa de marca, gafas caras, esas cosas... y todos miraban hacia atrás recelosos de que no tocáramos demasiado a la señora tabla. El espacio que nos dejaba esta preciosa dama era mínimo, así que nos hicimos aplastar por nuestras enormes mochilas, nos acurrucamos como pudimos, incluso Juan que es tan largo, y así, sintiéndome un ser inferior frente a un fetiche -con ganas de gritar tu nombre, Foucault- estábamos felices y agradecidos de que estas personas tuvieran el amable gesto de transportarnos velozmente unos cuántos kilómetros más cerca de la frontera con Ecuador, más de cien, por cierto. A mi me zumbaban los oídos y me dolían un poco de tanta velocidad y tanto viento, a Juan lo veía con la sonrisa más estirada que nunca por los mismos motivos.
El paisaje era cada vez más hermoso, pero esto corresponderá ser contado en un texto dedicado a las playas peruanas.
Los chilenos nos dejaron en un desvío, ellos iban a Puerto Pizarro, unos cuántos kilómetros más hacia el océano que ya se alejaba de la Panamericana, y nosotros desistimos de la tentación de seguir con ellos porque las ganas de pasar otra frontera nos picaban en los talones. Nos quedamos otra vez en la banquina. Enseguida nos invadieron las moto-taxies que estaban en el cruce, cuando uno les dice: no, gracias ante su oferta de vendernos sus servicios a donde sea -a costos extravagantes que a veces nos daban risa y nos hacían reclamar que no éramos gringos- ellos no entienden, y todavía no sé cuál es la expresión adecuada, o será que son demasiado optimistas o esperanzados, insisten ad infinitum. Pero no me voy a hacer la astronauta, ésto pasa con la mayoría de los comerciantes de las zonas fronterizas de Latinoamérica, me arriesgo a sostener la hipótesis, aunque sea a regañadientes.
(No me acordaba cómo se llamaba el lado peruano en la frontera, tuve recurrir a internet, es Aguas Verdes... Allá íbamos.)

Hasta la última ciudad peruana, otra espera. Creo que no había mucho tránsito, creo que esperamos un rato largo que aumentó nuestra impaciencia por llegar a un nuevo país. De lo que estoy casi segura es de que fue una chata la que nos llevó un tramo, nos subimos adelante, charlamos con su chofer animadamente, un comerciante que nos aconsejó ser precavidos en la frontera, nos advirtió que no nos quedáramos, que nos alejáramos lo máximo posible...
Debo reconocer que tengo una mezcla de imágenes en este punto del viaje y no sé en qué tramo exactamente ubicar a este señor de la chata. No sé si yo me desesperé tanto por llegar a Ecuador en el cruce a Puerto Pizarro que le insistí a Juan que tomáramos una moto-taxi, cosa a la que no creo que Juan haya accedido muy fácilmente, o si fue de ese cruce hasta la aduana que tomamos estos triciclos con motor, y en este caso la chata nos llevó hasta la frontera donde hicimos los primeros trámites de salida de Perú, y ahí conocimos a una pareja de chilenos que me daban la idea de tener un buen pasar económico aunque se disfrazaran de hippies, que sufrirían un infortunio más adelante... éstos sí existieron, pero se mezclan en el remolino de inexactitudes de mi cabeza de chorlito. La cosa es que gastamos los últimos nuevos soles peruanos comprando galletitas porque la base la alimentación de Juan cuando viaja por el mundo son las galletitas y las gaseosas baratas, jaja (¡me da risa porque me hace recordar la cara de mi mamá diciendo: este chico se va amorir de cáncer de estómago si sólo come hidratos de carbono!, siempre tan exagerada y trágica)... Sin embargo, lo interesante es que creo que este chico se debe conocer las marcas de gaseosas y galletitas dulces más insólitas del mundo, es una forma de apoyar las resistencias de las minorías frente a las multinacionales, y ahora que en mis recuerdos estamos por salir de Perú me dan ganas de gritar: ¡Aguante la Inca Kola amarilla flúor! Durante mi paso por Perú (ya me fui por las ramas) intenté descubrir su sabor relacionándolo con sabores conocidos o que iba conociendo, no iba a buscarlo en la wiki, no, no. Mi conclusión es que sabe parecido a la chicha morada casera (sin alcohol, eh) que es una bebida que una niña me hizo probar en Paracas y es típica de este país, muy popular entre los niños, muy sana y refrescante, que se hace con un agua de maíz, limón y no sé qué más... buscaré la receta... En fin, para mí la Inca Kola sabe a este jugo de maíz, un sabor bastante de fantasía, pero qué bueno sería acertar, lo voy a investigar para confirmarlo en un texto dedicado a Perú , país que me distrae y que no me está queriendo dejar entrar a Ecuador...
En la frontera Juan no se olvidó de guardar un ejemplar en buen estado de cada nuevo sol peruano metálico y de algunos billetes para su colección de monedas del mundo. Yo coleccionaba monedas de niña, pero cuando me las robaron aprendí a desprenderme de lo material un poco más como me pasa cada vez que me roban algo, es un aprendizaje forzoso y continuo, o más bien es una frustración, un atentado al entusiasmo... Así que lo miraba hacer sus transacciones fetichistas con cierta nostalgia de no poder sentir ya ninguna atracción real por esos objetos... Algo de mí que formaba parte de mi identidad ya no existía. Puf, qué cosas se pone a pensar uno a veces, ¿no? Pero recuerdo estas reflexiones en mi cabeza que flotaba en una frontera fea y decolorida, como muchas otras... Había barro, qué raro, se ve que estuvo lloviendo en el desierto... o ya estábamos alejándonos de él, ¿estábamos por entrar a otro mundo con las patas enfangadas como para asegurarnos de dejar huellas...?
Más sellos en el pasaporte, el de Juan ya no tenía hojas limpias, en cada ventanilla le pedían encarecidamente que lo renovara, yo estaba con el mío brillante y resplandeciente, flamante, no podía compararse al de mi compañero de ruta, pero de todos modos como era nuevito me producía cierta fascinación sacarlo y manosearlo un poco, la de la foto era yo, la misma que lo miraba, la que estaba por pisar Ecuador por primera vez en su vida... Y con el pasaporte en la mano le dediqué unos pensamientos a los míos, mandé unos mensajes telepáticos de que los haría cruzar conmigo, y me comí las galletitas de la frontera peruana con un montón de interrogantes acerca de lo que se vendría. Eran obleas, de frutilla... todavía me queda su aroma.
(Continuará...)

Este es un mini video del tramo entre Máncora y Puerto Pizarro en la camioneta con la señora tabla de surf, todo un símbolo de estas playas peruanas:


2 comentarios:

GiC dijo...

Manuelita caminante, wenisimo el blog! Tanto que tengo que dejar de leerlo porque me dan ganas de tirar al tacho todo y VIAJAR!
Pregunta: ¿de quien es la cancion del video al final de la entrada?

Chica Latinoamericana dijo...

Gracias Gic...
La canción del video es de Jorge Drexler: "Sea".
saludos
Ceci