Un lugar en mis recuerdos

La Caldera-Salta-Arg.

Quiero inaugurar una nueva sección de lugares que tallaron jeroglíficos en mi memoria. Son analepsis digeridas, procesadas, descripciones en sepia con un toque de temblor emotivo. Pequeños homenajes, una lupa en mis neuronas.

Decidí empezar con La Caldera, un pueblito que bordea el valle de Lerma a pocos kilómetros de la ciudad de Salta, en el noroeste argentino, porque en algún momento lo elegí como mi lugar en el mundo para la vejez, si tendré una, y hoy lo veo muy lejano. Justo lo vi en la web como destino para el próximo encuentro de mochileros de Autostop Argentina y eso, de varias maneras, me emocionó (de paso va el chivo).

A La Caldera solía querer llegar en bici cuando vivía en la ciudad de Salta, mi amigo Fran me motivaba, pero llegábamos hasta Vaqueros nomás porque a partir de ahí todo era cuesta arriba y no me daba el cuero.

Una vez era invierno, todo el valle y la cuesta de los cerros se había puesto en tonos sepia, terrible melancolía cuando todo parece muerto, sobre todo cuando uno ya conoció el verde explosivo y vital de los veranos. Fede tenía una motito vieja, muy chiquita, muy destartalada, y cada vez que él aparecía en su máquina cantaba una canción muy vieja de Charly García que decía algo así: “por la carretera llega Mr. Moto, tiene su campera y un caballo de metal...”; me hacía reír mucho cada una de las mil veces que repitió la escena. En su caballo de metal nos fuimos subiendo los cerros, los ciclistas profesionales que entrenaban ese día iban más rápido que nosotros, nos llegaban gotitas de sudor cuando nos cruzaban. Yo iba detrás, aferrada, con una vieja filmadora intentando capturar el paisaje frío y seco, aunque el sol... ¡qué sol poderoso!

Vaqueros comienza donde termina Salta, cruzando un puente, la vida es todavía más apacible cuando a penas se llega a la otra orilla. Si es invierno el río seguro estará seco, en verano llueve en las altas montañas y el agua trae bañistas, a mi me gustaban mucho los hidromasajes naturales en ese río, me metía con bici y todo entre las piedras para que no me la robaran, nos bañábamos las dos, no parecía un sitio muy seguro para dejar las cosas por ahí. Una vez me dijeron “¡por qué te vas a bañar entre esos coyas!”, a mi me encantaba hacerlo, resistir con agua fresca la xenofobia, los prejuicios, purificarme un poco de la crueldad del mundo.

Cerca del puente hay vendedores de comidas típicas rebalsadas en calorías, después de una larga bicicleteada a Fran le gustaba comerse unos buñuelos con miel de caña, los fríen de manera rústica al borde de la ruta, te los ponen calentitos y chorreando aceite en una bolsita de plástico y adentro derraman un poco de miel de caña de azúcar directamente de la botella, ¡y qué chanchada comérselos, qué bomba para el estómago!, pero qué ricos. También hay tortillas a la parrilla, de harina y grasa amasadas sobre un mantel de plástico floreado o a cuadros, sin sal, estiradas con botellas de vino, por manos curtidas y cetrinas; y seguro que había una adolescente de rasgos nativos controlando que no se quemaran sobre las brasas, pinchándolas cada tanto con un tenedor viejo y torcido cuando hacían burbujas de aire caliente... buenísimas para el mate, daban ganas de ponerles miel de abeja encima.

Después se cruza el pueblo de Vaqueros donde la burguesía salteña tiene sus lindas casas de fines de semana con patios hermosos y piscinas. Al costado del camino abundan las heladerías donde también hice muchas pausas los veranos, gente tranquila que pasa conversando y se saluda, parece que se conocen todos; hay niños jugando, caballos, perros flacos y árboles antiguos que sombrean el asfalto, y comienza el ascenso. Se termina Vaqueros justo cuando hay otro río similar al anterior, sólo que acá no se ven muchos bañistas, sí autos estacionados con silletas plegadizas de colores pop, música a todo volumen y gente de todas las edades tomando mates en las orillas pedregosas. También hay máquinas extrayendo piedras para la construcción. En este puente hay un árbol de moras muy grande, con Fran parábamos a comerlas, seguramente que imitando a un grupo de niños de ojitos alargados colgados como monitos de las ramas, y volvíamos a la ciudad con las manos moradas y dulces.

Ya empieza el camino de cornisa que llega hasta la ciudad de Jujuy, el carril es muy angosto, las curvas apretadas. Abajo va quedando el río, siempre a la izquierda, la motito sube a penas. Primero está la entrada de un barrio privado oculto entre los cerros, parece que fue un mal negocio, dicen que hay casas que se derrumbaron por la falta de solidez del terreno, también dicen que se hicieron fiestas electrónicas por ahí, y que en Salta abundan las mafias y los magnates. Atrás, a lo lejos, se empieza a distinguir la ciudad, y las montañas peladas y áridas quedan en evidencia. La Calderilla anticipa a La Caldera, las fincas me recuerdan a algunas granjas de piedra que vi en los Pirineos franceses, los árboles frutales me maravillan, para una chica tropical son árboles exóticos: olivos, durazneros, perales, nogales, cerezos, zarzamoras y frambuesas seguramente que no faltan. Esos árboles son los que me dan ganas de quedarme a vivir en ese lugar, y las casas de piedra, las chimeneas, y la posibilidad, tal vez, de criar llamas. Ese es mi delirio mental mientras cruzo esos paisajes. Pero se nota que no estamos en los Pirineos cuando cruzan varios gauchos salteños a caballo con su típico guardamontes de cuero que hace que el equino parezca llevar una especie de armadura. Todo se desacelera más a medida que avanzamos, a lo lejos se ve una estatua gigante, es un Cristo desproporcionado, dice Fede, tiene la cabeza muy grande, en su cuerpo deberían entrar ocho cabezas pero sólo le dieron seis o siete, y eso que no es una Quimera. Hasta que se ve el arco que dice “La Caldera” y ahí otro puente y el río torrentoso, al menos en verano.

Un verano estaba triste y me fui a La Caldera con una amiga de Corrientes, me senté en una piedra junto al río sólo a escuchar el sonido del agua y eso me devolvió la alegría, es un río místico; ahí cerca está el camping donde se van a encontrar los mochileros de Autostop Argentina este invierno. Pero a la correntina Claudia, que juntaba “cascotes” de colores para llevar a su casa, de la emoción se le cayeron los lentes y se los llevó la corriente, eso nos hizo trotar descalzas entre las piedras río abajo, lejos, muy lejos, salvándonos de que no nos lleve a nosotras también, por suerte los recuperó, porque sino no veía nada y se iba a perder los paisajes que nos quedaban por recorrer.

A ese camping junto al río, en otra ocasión, llegamos a dedo con Andrea, otra correntina. No teníamos mucha plata, ni carpa, ni nada, sólo ganas de remontar hasta Iruya. Salimos tarde de Salta, Fran nos despidió, en Vaqueros hicimos dedo y fue muy difícil llegar hasta La Caldera porque casi no había tránsito, nuestro plan era dormir en Jujuy, pero ahí estábamos, frente al río, sin carpa, sin plata. El hombre del camping nos alquiló por 2 pesos una carpa y una bolsa de dormir, nos ayudó con los utensilios para cocinar la cena y el desayuno, y en la oscuridad y la soledad del campamento nos pusimos al día con nuestros sueños, el rumor del río ya me había seducido esa noche, aunque nos morimos de frío.

Con Claudia nos metimos al pueblo después de encontrar sus lentes a comer bollos salteños, que son unos panes caseros con forma de discos, bien esponjosos, los hay con o sin chicharrón que es carne frita en su propia grasa. A mi me gusta sin, a Clau con. Se venía una tormenta, era verano, época de lluvias, así que decidimos esperar, mientras comíamos y mirábamos las casas coloniales de patios grandes, el último colectivo interurbano del día para regresar a Salta. Yo me acosté en una pirca, que es un muro, a mirar un árbol con frutitas moradas que manchaban la ropa, pero no me importaba. Clau caminaba con sus bollos salteños. Una fuerza me impulsó a mirar hacia el costado, un barba rubia buen mozo se acercaba con un termo y un mate, cayó del cielo, pensé, porque no habían turistas esa tarde y justo habíamos mencionado la necesidad de mates que atacaba a esa hora. El amable caballero se acercó sólo para convidarnos de sus mates, era Emiliano, salteño estudiando en La Plata con acento porteño; paseaba solo por su tierra como un turista, un bicho raro que en el primer gesto me cayó muy bien, comenzó una linda amistad que luego se disiparía por la distancia porque Resistencia está lejos de La Plata, al menos pude darme el gusto de llevarlo a ver a Dolina en Buenos Aires el invierno siguiente, pero esa es otra historia.

Con Mister Moto entramos a La Caldera y decidió llevarme a un lugar especial, era una casa antigua, grande, abandonada y con un aljibe colonial en el patio, la maleza todo lo cubre, nos quedamos contemplando el sitio un buen rato en silencio, hasta que decidió contarme que cuando era niño solía ir a jugar a ese patio, pero eran otros tiempos, “¡qué loco!, ¿no?”, dice Fede como siempre, y la mirada se le pierde en el flujo del tiempo, porque eso siempre lo tiene preocupado, “¡cómo pasa el tiempo, loco!”. Se pone las gafas de sol, y sale de nuevo Mister Moto, me quiere llevar a conocer el cerro del Cristo.

Cerca de esa casa hay otra a la que fuimos este verano a comer empanadas salteñas con Fran, Maiky, Juan y una ratita. Eran como las 3 o 4 de la tarde, veníamos en la súper camioneta de Fran de remar en sus canoas en el Dique Campo Alegre que queda a unos 6 kilómetros más adelante hacia Jujuy. Habíamos nadado mucho tiempo en el dique así que estábamos famélicos y para el ritmo de vida de La Caldera ya era muy tarde para conseguir comida, hasta que vimos un cartelito en esta casa donde una familia hacía una larga sobremesa en el fondo del patio con guitarreadas y vinos. La mujer que nos atendió nos dijo que le quedaban ocho empanaditas, dos para cada uno, era para morirse de hambre pero igual decidimos esperar a que las cocinara. Nos pusieron una mesa bajo la sombra de un árbol, cada silla era diferente a la otra, lo mismo pasaba con los vasos, y conversábamos más del hambre que de otra cosa mientras esperábamos. La señora pegó onda con los chicos y se puso muy simpática con ellos, es que a lo mejor tenía nuestra edad pero ya parecía una mujer grande. Entre risas y risas, de entre las ropas de Juan salió espantada una ratita a esconderse en el jardín, era la misma ratita que hacía unas tres horas habíamos descubierto dentro de uno de los botes, nos adoptó, y viajó con nosotros un buen trayecto, ¡qué copada la lauchita!

Cuando empezamos a subir el cerro del Cristo montados en la motito, ésta, repodrida del esfuerzo que la hacíamos sufrir, nos traicionó en complicidad con una curva y un camino enripiado, conclusión: nos fuimos a la mierda, o derrapamos, nos revolcamos o, mejor dicho, tuvimos un leve accidente. Las risas nos dejaban sin aliento en el último tramo que tuvimos que hacer a pie, por suerte Mister Moto sabía cómo tratar al Rocinante metálico para que volviera a arrancar, pero antes de volver nos burlaríamos un buen rato de la deformidad del simpático monumento, tomaríamos sol y naranjas tirados en el pasto, “viendo la gente pasar”, como le gustaba a Calamaro y también a Fede, gente que como nosotros se iba a mirar el atardecer tomando mates o haciendo cabalgatas. Yo llevé mis pasteles y pinté tristes y horribles dibujos esa tarde.

Adentro del Cristo del cerro de La Caldera hay un altar, una vez fui en auto con unos amigos del hostal donde trabajaba en Salta, y alguien confesó que en ese altar le había hecho el amor a una señorita... Me sonó dolinezco.

Y hay más recuerdos, pero ya es demasiado. Me gusta mucho ese lugar, y una vez planee tener ahí mi pedazo de mundo, un hostal, una casa, unos árboles y unas llamas, lo soñaba fuertemente hasta hace poquitos meses, pero ahora ya no sé bien que planes tengo. Por las dudas le dejo este pequeño homenaje a este lugar en el mundo. Ojala puedan conocerlo.

6 comentarios:

Anónimo dijo...

Como siempre conmovedor. Un relato muy "veraniego" y nostálgico. Preciosas palabras...

Podríamos conocer el sitio, pero no lo veríamos igual. Lo importante no es lo que ves, sino cómo lo ves.


Saludos de un admirador bilbaíno (españa).

Chica Latinoamericana dijo...

Gracias amigo bilbaíno ;)

Anónimo dijo...

"Después se cruza el pueblo de Vaqueros donde la burguesía salteña tiene sus lindas casas de fines de semana con patios hermosos y piscinas"
eso somos: burguesia salteña!!!!
:)

besos
Santi

Anónimo dijo...

HOLA CECILIA, ANTES Q NADA ME VOY A PRESENTAR. MI NOMBRE ES JACINTO..(POR FAVOR NO RIAS JAJA), SIN QERER BUSCANDO COSAS DE MI PUEBLO NATAL ENCONTRE TU SITIO Y LA VERDAD VERDADERA QUE ME QUEDE ESTUPEFACTO. NO SOLO POR LAS COSAS Q NARRAS DE MI PALMA SOLA, SINO QUE LA FORMA Q LO HACES PARECERIA Q SOS MI ALMA GEMELA O ALGO POR EL ESTILO. A LO MEJOR ESTOY EXAJERANDO PERO ESOS SENTIMIENTOS ESTAMPADOS EN TUS NARRACIONES ME CAUTIVAN. Y SABES PORQE? PORQUE ME ENCANTA LA NARRACION, LA ESCRITURA, Y LA LECTURA. TE CUENTO Q YO ESTOY ESCRIBIENDO UN LIBRO DE LA HISTORIA DE MI FAMILIA...PERO LO ESTOY HACIENDO A PULMON YA Q NO TUVE LA POSIBILIDAD DE ESTUDIAR LETRA.........Y PIENSO Q ESTE SITIO TUYO ME SERVIRA MUCHO. LA VERDAD Q ME ENCANTA COMO ESCRIBES Y SE NOTA Q TE GUSTA MUCHO,PORQ LE PONES EL ALMA A CADA PALABRA PARA QUE SUENE COMO UNA MUSICA Y NO DESAFINE......
BUENO CECILIA ESPERO PODER CONTACTARME CON VOS ALGUN DIA PARA INTERCAMBIAR ALGUNAS EXPERIENCIAS....TE DEJO MI CORREO POR FAVOR ESCRIBIME ALGUN DIA (joseluisrosas2008@hotmail.com)

jorgeosvaldo dijo...

Estoy en Salta, un ataque de gota me confinó al hotel y quièn sabe còmo terminè aquì. Dentro de oco salgo en moto Corrientes - La quiaca, a mi rgreso aportarè algo. Saludos. Està asfalta la 81 hasta Salta ?

Cecilia Hauff dijo...

Sí la Ruta 81 entre Salta y Formosa está toda asfaltada para felicidad de esta formoseña que ama Salta. Y en buen estado todavía!! Aproveche, señor motoqueiro, esperamos el relato de su aventura :)
saludos!!