3.10.08

Un regreso literario a Cusco

Fuente de los textos citados:
Los ríos profundos
de José María Arguedas



Estoy físicamente en el mismo punto geográfico, pero no puedo quedarme quieta, encuentro algunos viajes literarios, esta vez es un regreso a Cusco de la mano de Arguedas (1911-1969), escritor peruano, traductor de la literatura quechua y estudioso del folclore peruano... Tengo muy lindos recuerdos de esta ciudad, las mejores sensaciones positivas emanaron en este sitio milenario después de un viaje difícil, aunque maravilloso, por muchos lugares. No tenía tiempo para conocer Macchu Picchu, ni dinero, pero valió la pena frenar un poco la corrida en esta ciudad...
Muchos sitios del mundo con los que sueño conocer algún día, despertaron mi interés a través de la literatura, el cine o la música.

La verdad es que descubrir los encantos de un lugar en el mundo a través de sus representaciones (literarias, corporales, musicales, cinematográficas, etc.), es una de las cosas que más me gustan. Por eso esta sección es para homenajear las impresiones que un lugar, un viaje, un pueblo, una cultura, un paisaje puede dejar en una persona; y sus consecuencias literarias.
Si bien el estilo de la escritura de Arguedas
no es de los que más me apasionan, el contenido me resulta valioso.
Esta es la voz de Ernesto, un niño-adolecente de 14 años que entra por primera vez a la ciudad de Cusco, la ciudad de su padre que es un trotamundos, y que le ha contado tantas historias sobre Cusco durante sus viajes juntos por Perú. Ernesto siente una fascinación mágica por las antiguas piedras que formaban la ciudad, y sobre cuyas bases se construyó una ciudad colonial, y el sincretismo arquitectónico que resulta ser hoy:



"Entramos al Cusco de noche. La estación del ferrocarril y la ancha avenida por la que avanzamos lentamente, a pie, me sorprendieron. El alumbrado eléctrico era más débil que el de algunos pueblos pequeños que conocía. Verjas de madera o de acero defendían jardines y casas modernas. El Cusco de mi padre, el que me había descrito quizás mil veces, no podía ser ese..." (Cap. 1, 21-22)

"Aparecieron los balcones tallados, las portadas imponentes, la perspectiva de las calles, ondulantes, en la ladera de la montaña. Pero ¡ni un muro antiguo!
Esos balcones salientes, las portadas de piedra y los zaguanes tallados, los grandes patios con arcos, los conocía. Los había visto bajo el sol de
Huamanga. Yo escudriñaba las calles buscando muros incaicos.
- ¡Mira al frente! -me dijo mi padre. Fue el palacio de un inca.
Cuando mi padre señaló el muro, me detuve. Era oscuro, áspero; atraía c
on su faz recostada. La pared blanca del segundo piso empezaba en línea recta sobre el muro." (Cap. 1, 22)


"...Corrí a ver el muro.
Formaba esquina. Avanzaba a lo largo de una calle ancha y cotinuaba en otra angosta y más oscura, que olía a orines. Esa angosta calle escalaba la ladera. Caminé frente al muro, piedra tras piedra. Me alejaba unos pasos, lo contemplaba y volvía a alejarme. Toqué las piedras con mis manos; seguí la línea ondulante, imprevisible, como la de los ríos, en que se juntan los bloques de rocas. En la oscura calle, en el silencio, el muro parecía vivo, sobre las palmas de mis manos llameaba la juntura de las piedras que había tocado
." (Cap. 1, 25)

"...Mi padre me había hablado de su ciudad nativa, de los palacios y templos, y de las plazas, durante los viajes que hicimos, cruzando el Perú de los Andes, de oriente a occidente y de sur a norte. Yo había crecido en esos viajes." (Cap. 1, 25)



"Eran más grandes y extrañas de cuanto había imaginado las piedras del muro incaico; bullían bajo el segundo piso encalado por el lado de la calle angosta, era ciego. Me acordé entonces, de las canciones quechuas que repiten unas frases patéticas: 'yawar mayu', río de sangre; 'yawuar unu', agua sangrienta; 'puk'tik, yawar k'ocha', lago de sangre que hierve; 'yawar wek'e', lágrimas de sangres. ¿Acaso no podía decirse 'yawar rumi', sangre, o 'puktik, yawar rumi', piedra de sangre hirviente? Era estático el muro, pero hervía por todas sus líneas y la superficie era cambiante, como la de los ríos en el verano, que tienen una cima así, hacia el centro del caudal, que es la zona temible, la más poderosa. Los indios llaman 'yawar mayu' a esos ríos turbios, porque muestran con el sol un brillo en movimiento, semejante al de la sangre. También llaman 'yawar mayu' al tiempo violento de las danzas guerreras, al momento en que los bailarines luchan.
Puktik, yawar rumi!- exclamé frente al muro, en voz alta.
Y como la calle seguí
a en silencio, repetí la frase varias veces." (Cap. 1, 26)



- (...) Nos iremos enseguida. No veníamos al Cusco; estábamos de paso a Abancay. Seguiremos viaje. Este es el palacio de Inca Roca. La Plaza de Armas está cerca. Vamos despacio. Iremos también a ver los templos de Acllahuasi. El Cusco está igual, siguen orinando aquí los borrachos y los transeúntes. Más tarde habrá aquí otras fetideces... Mejor es el recuerdo. Vamos." (26-27)



"(...) Alguien vive en este palacio de Inca Roca?

- Desde la conquista.

- ¿Viven?

- ¿No has visto los balcones?
La construcción colonial, suspendida sobre la muralla, tenía la apariencia de un segundo piso. Me había olvidado de ella. En la calle angosta, la pared española, blanqueada, no parecía servir sino para dar luz al muro.
- Papá -le dije. Cada piedra habla. Esperemos un instante.

- No oiremos nada. No es que hablan. Estás confundido. Se trasladan a tu mente y desde allí te inquietan.
- Cada piedra es diferente. No están cortadas. Se están moviendo.

Me tomó del brazo.
- Dan la impresión de moverse porque son desiguales, más que las piedras de los campos. Es que los incas convertían en barro la piedra. Te lo dije muchas veces.
- Papá, parece que caminan, que se revuelven, y están quietas.
Abracé a mi padre. Apoyándome en su pecho conte
mplé nuevamente el muro.
- ¿Viven adentro del palacio? -volví a preguntarle?
- Una familia noble. (...)




- ¿Lo permite el Inca?
- Los incas están muertos.

- Pero no este muro. ¿Por qué no lo devora, si el d
ueño es avaro? Este muro puede caminar; podría elevarse a los cielos o avanzar hacia el fin del mundo y volver. ¿No temen quienes viven adentro? (...)

- Dondequiera que vaya, las piedras que mandó formar Inca Roca me acompañarán. Quisiera hacer aquí un juramento.

- ¿Un juramento? Estás alterado hijo. Vamos a la catedral. Aquí hay much
a oscuridad.
Me besó en la frente. Sus manos temblaban, pero tenía calor.
" (27-28)



Notas:
Los links son elegidos al azar, son ilustrativos, de contenido histórico.
Las fotos de Cusco son mías.
El libro citado es:
- Arguedas, José María. Los ríos profundos. Editorial Losada. Buenos Aires, 2004.

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