10.3.09

Nostalgia hippie en las montañas argentinas

ASÍ NOS VEN DESDE FRANCIA

Tengo que practicar mi francés, así que decidí leer artículos sobre viajes y viajeros en esa lengua, y traducir algunas notas interesantes. En este caso se trata de una villa cordobesa, que no conozco, pero que me gustaría mucho poder visitar. Esta es la mirada de Olivier Razemon, que escribe para el diario francés Le Monde. Así nos ven desde afuera, es importante saber cómo nos ven los otros, muchas veces, como en esta ocasión, ayuda a valorarnos más, otras no.



Por Olivier Razemon de Le Monde
Traducción: Cecilia Hauff
San Marcos Sierras (Argentina).

Enviado especial

« Albergue vegetariano ». Las letras, pintadas sobre el muro, resplandecen al sol en la plaza de la villa de San Marcos Sierra, en la provincia de Córdoba, en Argentina. ¿Vegetariano? Extraño, en un país donde aquellos que no comen carne tienen más bien mala reputación y donde el asado constituye el símbolo del regocijo de las familias y amigos.
Es cierto que en San Marcos se come también con todos los dientes la carne de vaca, ni bien se presenta la ocasión. Pero aquí nadie pedirá al vegetariano que justifique sus prácticas alimentarias. Pues, San Marcos Sierras es una villa hippy, la primera de América Latina, dicen, cultivando siempre sus valores alternativos.
La fama de esta cadena montañosa data desde principios del peronismo, cuando los sindicatos hicieron construir centros vacacionales destinados a sus socios. Entonces eran raros los visitantes que se lazaban hasta San Marcos, conocida por acoger a una colonia naturista desde 1930.

Algunos adeptos a Krishna desembarcaron en este pueblo hacia fines de los años ’60. “Meditaban a la sombra de los nogales y se alimentaban con un régimen ‘desintoxicante’ a base de uvas”, relata Méry, originaria de Buenos Aires y propietaria del albergue Villa Luz.

Hoy, salvando algunas excepciones, “los hippies de los primeros años han vuelto después de mucho tiempo. Rondan los sesenta años y dirigen empresas florecientes en Buenos Aires…”, sonríe Marcelo, un profesor de historia de la capital que viene para recargarse cada verano a San Marcos.

Pero la atmósfera se mantiene. En la plaza principal, donde los límites fueron trazados en 1806 por un marqués español, deambulan entre perros errantes, jóvenes de torso desnudo, cabellos en guerra, barba hirsuta, y a veces mochila. Los encontramos hacia el final del medio día al borde del río, el pequeño hilo de agua que atraviesa la villa. Los felices propietarios de un Peugeot 504, de un Fiat 1.500 o de algún otro de esos vehículos aparentemente indestructibles, parten unos kilómetros más lejos hasta las orillas del río Quilpo, donde la corriente es más rápida, para bañarse en un paisaje salvaje.

Cada grupo aporta su guitarra, eventualmente alguna junta y un termo de agua caliente para alimentar el mate que se absorbe regularmente escuchando el río que fluye. “Es el paraíso”, comenta Caroline, una belga de paso por la villa.
“Los turistas se distribuyen entre amantes de las vacaciones pacíficas, naturistas y adeptos a la meditación, cuenta Mery. En San Marcos no hay hipermercados, ni cajeros automáticos, ni pavimento, y eso atrae a los visitantes.”

“CAPITAL DE LA MIEL”

Al anochecer, la plaza de la villa se anima. Los músicos tocan los tambores. En la biblioteca se proyecta un reportaje sobre Palestina, seguido de un debate. Un mercado artesanal se instala en un rincón, ofreciendo collares y pulseras, cuadros de colores explosivos, hierbas medicinales y miel de la región. Pues la localidad se hace llamar “la capital de la miel”, un suculento néctar forzosamente natural, desde que la municipalidad ha declarado “zona libre de OMG (organismos modificados genéticamente)”, en 2005. En todos los puestos, la miel, presentada como “un remedio para numerosas enfermedades”, es vendida a un precio imbatible de 7 pesos (1,5 euros) los 500 gramos.

La bisutería en fantasía es fabricada por los artesanos de la región. Sentado en un muro, Luque, cabellos largos y pulceras tejidas en las muñecas, martilla una pieza de metal que se retuerce poco a poco. Después de haber forjado una veintena de minúsculos espirales, los une y les coloca en el centro caracolas de reflejos tornasolados. Colgado de un collar, el producto irá a la mesa donde su compañera vende la producción de la casa a los turistas.

Cuando la temporada se termina en San Marcos, la pareja recorre el continente, hasta Bolivia o Perú, donde se consiguen –cuenta Luque- “piedras de formas extrañas o pedazos de ámbar del Caribe” que vendrán a enriquecer sus creaciones.

En otoño, a partir de abril, la villa retorna a su tranquilidad, y las lluvias subtropicales se alejan para dejar sitio a un sol fresco. “Sin embargo las actividades no faltan, asegura Mery. Practicamos cursos de teatro y de danzas árabes. Los talleres literarios reabren sus puertas y por las noches admiramos el cielo estrellado.”

*Este artículo también fue publicado en Enviajes.com

1 comentario:

Violeta dijo...

La verdad que leyendo esto, me dan ganas de dejar mi departamento en Buenos Aires e irme a una carpa allí al lado del agua...... se ve divinoo!!!!!