13.9.09

CARTAS DESDE EL MONTE 3

Lunes , 24 de agosto de 2009

Más impresiones sobre este nuevo mundo

-Por Cecilia Hauff-

Estoy con las cosas todavía un poco desordenadas, estrenando una computadora portátil con la que me endeudé bastante, así que me espera mucho trabajo… Estoy mandando un correo a un profesor de la universidad de Resistencia -si supiera dónde estoy-, le tengo que pedir que me de unos días más para enviarle un trabajo de investigación. La conexión también es portátil, y está bastante lenta... Así que mientras tanto, escribo.

Acabo de recibir noticias de mis padres, el regreso fue largo, pero tomaron otro camino por Salta, uno que usan los de la empresa petrolera y por eso se mantiene en mejor estado. Mi mamá cuenta que está con fiebre y dolor de garganta porque la primera noche que pasó en El Potrillo durmió a la intemperie en la hamaca, capricho suyo, quería vivir estos días en el monte lo más salvajemente posible. A ella le encanta dormir en hamacas en el monte, lo hace habitualmente cuando van de campamento con mi papá ¿qué colgada, no?, aunque lo cierto es que a la madrugada sentí que alguien me empujaba, era ella, se acostó a mi lado congelada porque se ponen muy frías las noches en este sitio.

Algunos amigos me dijeron que debo estar loca por haberme decidido a venir a este lugar; la verdad es que no, no estoy loca, probablemente sea algo que está en mis genes, es más fuerte que yo, tengo ancestros aventureros y exploradores, no puedo escapar de mi destino. El origen de esto fue que estaba buscando trabajo como profesora por unos meses mientras terminaba de rendir mis exámenes finales, ya que terminé de cursar mi carrera de Letras; el plan era ahorrar un poco para viajar una vez liberada de la universidad; surgieron varias ofertas, esta era la más lejana y complicada, la menos esperada, creo que por eso elegí la oportunidad de vivir esta aventura, porque su exotismo me ofrecía más posibilidades de aprender cosas nuevas, de sentirme en “un viaje” por un mundo extraño para mí, y, principalmente, porque la interculturalidad y las lenguas son temas que me apasionan y que se relacionan bastante con mi carrera. Y porque es acá, tan cerca y tan lejos a la vez, mi Latinoamérica profunda…

Michela es una vecinita wichí de 6 años que empieza a enseñarme algunas palabras aunque le da vergüenza todavía. Ella siempre hace compañía con su sonrisita. Es bella, y a diferencia de otros niños siempre está impecable, me da la impresión que se baña y se cambia varias veces al día, como una verdadera princesita ya que es nieta del cacique Celestino. Las niñas, y al parecer las mujeres en general, parecen ser muy pulcras y trabajadoras, como para ir tirando abajo prejuicios instalados en el inconciente colectivo. Los niños son más terribles y no tienen límites, nadie se los pone y recomiendan no hacerlo porque la familia puede enojarse. Son pautas culturales. Pero bueno, yo ya les puse unos cuantos límites, unos cuantos “no” cuando desparramaban vidrios y latas que yo había juntado después de limpiar el patio y la vereda, o cuando casi tiran a un cachorrito al fuego; por más que lo intento hay algunos “nos” que no puedo evitar. En la interculturalidad debe haber una comprensión mutua así que espero que ellos también sepan entender que yo vengo con algunos “nos” encima, por más esfuerzo que haga. Me hacen caso por ahora porque con la mayoría estuve conversando y ya nos conocemos: Aarón, Ulises, Ramón, Mauro... Aunque hay un par de niños que son más grandes y que llevan la batuta, esos son los indomables, parece, pero igual tuvimos algunas charlas en las que yo preguntaba y ellos respondían con movimientos de cabeza de “sí” o de “no” y sólo cuando decía algo demasiado disparatado o la respuesta les interesaba respondían con una o dos palabras. Lo cierto es que siempre están atentos, observan y escuchan con interés, cuando se aburren se van y después vuelven. Ahora, para poder trabajar, tengo mi puerta cerrada, escucho que corretean de tanto en tanto alrededor, no sé si niños o chivos o chanchos o burros, pero nadie irrumpe en esta privacidad que yo sí necesito para trabajar, también por una cuestión cultural, supongo. El espacio privado es esencial en mi cultura, les ruego tolerancia.

Todavía no quiero ser tan invasiva con las fotos, primero quiero entrar más en confianza con la gente, así que aunque todo el tiempo nos visitan los wichí y los criollos, no saqué muchas fotos de la gente. De a poco les voy a ir presentando a estas personas acogedoras. A Michela que ya pasó mucho tiempo con nosotros le pregunté si podía sacarle una foto y me dijo que sí, contenta. Así que posó con la hamaca paraguaya de mi mamá que les había llamado tanto la atención a todos los niños. A diferencia de los pueblos indígenas de la selva peruana y ecuatoriana, o sea, pueblos más bien amazónicos, por acá no se usa la hamaca. Pero eso tendré que consultarlo con los mayores para ver qué cuentan.

Alrededor de mi casa hay un cerco de palitos de un árbol que se llama “palo bobo”, y la verdad que lo es, porque no entiendo su función, más que marcar propiedades o límites, lo que hacen estos cercos es evitar la entrada de animales a las casas aunque en la mía, como ya dije anteriormente, hay libre paso para todo, incluso tal vez para los fantasmas, ya que en el fondo hay un pequeño cementerio cristiano, no sé todavía si de wichís o de criollos. Antes del cementerio tengo un pequeño cerco de cactus y después comienza el monte profundo, con tumbas incluidas. ¿Vieron la película La Aldea? Estoy en el límite, saliendo de las fronteras se me hace un espacio desconocido y temible en medio de cientos de kilómetros de vegetación a la redonda, y muchas comunidades incluidas, en su mayoría indígenas, aunque también hay antiguos pobladores criollos, en pequeñas y diseminadas casitas por aquí y por allá. Este es el monte semiárido del Gran Chaco, por eso los indígenas les dicen “chaqueños” a los criollos; el Chaqueño Palavecino se sentiría en su salsa por acá…

Con mi mamá caminamos un poco por el monte del fondo de mi nueva casa; ella, como es profesora de biología, disfrutaba reconociendo los árboles, cada arbusto con su nombre, se encontraba con una vegetación exótica para los formoseños del este como nos. En cambio yo, iba relacionando el paisaje con los laberintos de Borges y de Saer, lleno de senderos zigzagueantes que se bifurcan. Si no hubiera música a todo volumen en el pueblo, como en cualquier pueblo latinoamericano, nos hubiéramos perdido, volvimos siguiendo los sonidos del pueblo. Conceptos compositivos como repetición y homogeneidad imperan en estos paisajes y es fácil perderse al principio, por suerte ahora ya sé llegar sin extraviarme desde “la feria”, o de la escuela a mi casa, porque tuve unas cuantas vacilaciones y caminatas en círculos o en sentido contrario la primera vez que vine sola. Ahora en el pueblo me muevo mejor, aunque en el monte no sé, no me animo a ir sola todavía. Parece ser un espacio exclusivamente masculino, sólo hombres se ven por ahí y no les voy a negar que me da un poco de miedito.

El paisaje a diestra y siniestra desde mi casita es tierra pelada y bolsas de plástico enredadas a los árboles… por todas partes, lamentablemente, basura. Me recuerda a algunos paisajes patagónicos que me habían desilusionado, la entrada a Rawson, por ejemplo. Si bien el viento contribuye a este desparramo, no es la única causa, son las personas las que tiran todo por ahí. El plástico, las latas y el vidrio han invadido la comunidad, la civilización llegó de golpe, tanto que pega fuerte al entorno.

Hoy vino a verme Silvia, una hermana retirada de su congregación que está acá hace como 25 años con otras compañeras, no sé si es correcto decir una ex monja, fue ella quien me alojó en su casa los primeros tres días que vine a este pueblo para ver si me la iba a bancar, según la gente que me contrató. Silvia se portó divinamente conmigo desde que llegué, me hizo recorrer y conocer a un montón de wichís y criollos. Hoy vino a traerme su bici, me la presta para que vaya a la escuela y a buscar mi almuerzo a lo de Rosario que es una cocinera increíble. Rosario es dentista y correntina, hoy me preparó una porción de carne al horno con ensalada de arroz y un pedazo de tarta de choclo, ¡no saben lo que estaba eso! ¡Riquísimo! Encima me queda un poco para la noche. Rosario también es divina. Dijo que me va a dar vianda hasta que me paguen, y yo que todavía no sé si voy a cobrar este año, pero ella no tiene problemas, pero por suerte mis padres me van a ayudar hasta que cobre porque a pesar de que la gente viene a trabajar a los lugares más inhóspitos y necesitados del país, todavía se dan el lujo de pagarles con meses de retraso. Así que hay mucha gente que me está dando una mano para que yo esté acá y me sienta lo mejor posible. Mientras comía la tarta de choclo pensaba: “esto es vida”, o al menos está lleno de vida, aunque a primera vista parezca un espanto.

Decía que hoy vino Silvia a traerme la bici y a ver cómo estaba, me dijo que el árbol que está frente a casa, que parece ser un algarrobo, aunque ahora esté sin hojas y feo, en un mes va a estar verde y hermoso; poder ver esa mutación me da mucho ánimo para quedarme, quiero ver este semidesértico El Potrillo cubierto de verdes. Quiero quedarme, aunque sé que todos esperan el día en que saldré corriendo espantada de acá. Tal vez no me quede mucho tiempo, pero por ahora siento que tengo mucho para dar y tanto por recibir y eso me motiva. Hay muchas mujeres jóvenes que se vinieron a trabajar acá, no soy la única “loca” como pensarán algunos, y Silvia hoy vino y me comentó que Romina, Patricia, Gloria, Blanca, Lola, Elena, Karina y otros profes que todavía no conozco, quieren juntarse a hacer un asado aprovechando que vine para ir conociéndonos y armando un grupito de criollos foráneos más unidos en El Potrillo. ¡Qué lindo!, ¿no? Hay gente de muchas provincias, así que hay muchas historias por conocer. Lo único que espero es poder encontrar un espacio donde se escuche, se toque y se baile folclore, se me inquietan las alpargatas por unas chacareras.

Extraño el verde, siempre digo que soy una chica tropical, así que tengo pensado poco a poco cerrar un pedazo de terreno para proteger de los animales y hacer una huerta, poner una vid en el frente que trepe el alero, cosas así, ya que la tierra es muy fértil, sólo falta agua en el ambiente, y como hay una perforación que extrae agua de casi 400 m de profundidad, agua hay, aunque los fines de semana se corte un rato, pero imagino mi huertita con verduras y flores y se me hace agua la boca, tal vez los vecinos se contagien y terminen haciendo lo mismo, como pasó cuando limpié mi patio de plásticos y vidrios al rato los vecinos se pusieron a hacer lo mismo. Tal vez la mímesis griega algo de sentido tenga en una huerta. Así que ya saben, si en mi cumpleaños quieren regalarme algo, unas herramientas me vendrían al pelo ;) Tanto peladar me hace pensar que tengo ganas de sembrar algunas semillas en El Potrillo…

1 comentario:

pablitox dijo...

oootra vez yo! jaja. me alegra mucho que estes empezando a adaptarte al pueblo!! me rei mucho con el comentario sobre mama!! la verdad es la mejor cocinera del mundo!! (y la mejor mama, obviamente!). silvia fue mi profesora, la verdad que es una señora simpatiquisima. respecto a si fue monja o no... creo que no, me parece que fue misionera, fue junto con otras señoras, tambien ex profesoras del colegio, como lola, eugenia y mariana y ayudaban al padre Francisco Nazar cuando anduvo por aquellos lares, de ahi que los lugareños las llamen "monjas".
con respecto a la huerta, me parece una idea genial! vas a tener que hacer un cerco de "duraznillo" y ponerle cardones en la base, creo que sera la unica forma de que los chanchos no te comena las verduras!!.lo de la vid no se si funcionará, cualquier arbol o planta exotica no suele adaptarse muy bien, en casa hemos prabado con moras, vides, lapachos y cuanto arbol se te ocurra y jamas anduvo ninguno, pero para no desesperanzarte te dire que en tu barrio la tierra es un poco mas humeda y con cuidado puede que ande... aunque te recomendaria una "santa rita", que se enreda como una vid y se adapta mejor, se la podes pedir a mama!
lo que mencionas de la union de la gente de otros lugares es cierto. hay mucha gente de corrientes, creo que fueron los primeros en aventurarse por aquella zona, muchos formoseños, algun que otro chaqueño... pero todos son muy unidos. antes los eran incluso mas, cosa que cambio bastante cuando el pueblo empezó a politizarse, aun asi hay gente que esta ajena a esto y sigue muy unida. vas a encontrar mucha gente dispuesta a darte una mano y ayudarte en todo, asi que no tenes por que preocuparte. el pueblo tiene mucha mas vida de lo que a uno le podria parecer en una primera impresion, dista bastante del preconcepto que mucha gente de otros lugares tiene.
me llamó la atencion que te entusiasme ver la transformacion de los algarrobos! es algo realmente sorprendente!! y no mucha gente le presta atencion. las hojas se vuelven de un verde muy claro, casi como un verde limon y se llena de flores largas y amarillas, como pequeños plumeros, que luego se convierten en vainas. veras tambien a las mujeres con largar varillas bajando y juntando las algarrobas y cargando bolsas llenas de ellas! bueno... me voy yendo,ya vere cuando me doy otra vuelta para ver como te va! saludos!!!