9.7.11

Acerca de la ficción

Me gusta mucho una definición de Bruner cuando se refiere a los mundos posibles. Él dice algo así: que la literatura y las narraciones en general, representan las vicisitudes de las experiencias humanas, y esa es la descripción sobre el concepto de ficción que mejor me satisface.

Eso de que la ficción es un simulacro de la realidad que conlleva cierta carga de verosimilitud, es una explicación muy interesante, muy aceptada, muy difundida; yo misma colaboro en su diseminación; pero en el fondo de mí tengo la sospecha de que no es más que una formalidad que sigue rigurosos métodos de investigación para tratar de explicar lo inefable. Siempre se opone ficción a realidad, porque el mundo occidental se basa en sistemas de oposiciones dicotómicas, pero en el fondo de nosotros, todos sabemos que la ficción forma parte de la realidad, y a veces ocupa un lugar privilegiado. 

Sin dudas, cuando hablamos de literatura, lo primero que hacemos es clasificar los textos ficcionales frente a los no ficcionales. Y no está mal, pero es sólo un método establecido para estudiar tantos textos que cargan en su entramado las vicisitudes de las experiencias humanas. Pero no debería ser el único, algún día se impondrá otro punto de vista para analizar esas cuestiones, otro enfoque, quizás. Por ahora nos basamos en que lo que es ficción no es real, pero no está ajeno a la realidad. Y si nos referimos a literatura infantil, con más razón recurrimos a esta clasificación, ya que los niños muchas veces necesitan saber, creer y reconfirmar que hay cosas que sólo suceden en los cuentos que no existen fuera de ellos. Por lo tanto, creo que es una definición necesaria.

Al respecto, el fin de semana estuve leyéndoles cuentos en vos alta a los niños en una feria del libro local. Dos amiguitos de 5 años se acercaron a mí para que les leyera cuentos de terror porque según ellos y sus padres, es el género que les fascina. Entonces les leí uno, después me pidieron otro y otro; ellos mismos los elegían. Yo les preguntaba si no les daban pesadillas, porque a mí sí me las producían, y uno me dijo: "Yo sí tengo pesadillas, ¡pero me encantan!". Sin embargo, cuando llegaban los momentos de mayor "terror", por decirlo de alguna manera, el amante de las pesadillas me preguntaba muchas veces muy preocupado: "pero eso no ocurre en la realidad, ¿cierto?, sólo en los cuentos ¿cierto?" y lo repetía muchas veces mientras yo pensaba qué responderle. Ese niño necesitaba creer en la ficción; entonces, yo le ofrecía esa herramienta para defenderse de sus temores. Y me creía, supongo que porque fui sincera con él, le enumeraba las cosas que sí formaban parte de la realidad y las que formaban parte exclusivamente de la ficción, y le aseguraba que yo, que había viajado mucho, nunca lo había visto, que eran sólo cuentos, y así podíamos avanzar en la historia; pero sólo así, creyendo en la ficción, y reconfirmándola.

Por eso un buen texto muchas veces nos interpela, nos atrapa, nos engancha, nos transforma, nos deja perplejos, porque generalmente toca esas cuestiones existenciales de un ser humano en su vida cotidiana, que son las que Bruner denomina "vicisitudes". La ficción nos ayuda a entendernos mejor, o a desconcertarnos algunas veces en que los textos nos incomodan.

* El gato de las fotos se llama Tito, ga-Tito. Es albino. El libro que devora es "Una caperucita roja" de Marjolaine Leray. Lo recomiendo para niños y grandes ya que es una versión muy novedosa y divertida.

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