9.7.11

Mi textoteca interior

Cuando trabajo con los docentes en talleres de promoción de la lectura, generalmente les pedimos que narren su autobiografía lectora. Bueno, yo también hice la mía...

Esta soy yo, leyendo a los 4 años un libro muy aburrido...
Cuando era chica vivía en un pueblo muy pequeño. Alrededor había campo, casas diseminadas, una comisaría, una escuela primaria y otra secundaria donde mis padres eran docentes. Ese contexto fue propicio para que aprendiera a leer a los 3 años con tablitas de madera en las que mi mamá dibujó las letras; como no había guardería me la pasaba entre las aulas. Lo primero que leí fueron esas tablitas. Mi recuerdo más nítido y lejano es de cuando me llevaron a la ciudad a visitar a mi abuelo “el sabio”, un francés muy estricto y distante, y me dieron el diario La Nación que él leía habitualmente para que le leyera en voz alta y así se sintiera orgulloso de su nietita. Lo que más recuerdo es que esa situación me generó mucho temor y me sentía muy incómoda. Creo que así fue como empecé a entender la importancia de la lectura, era algo serio, algo de los grandes, algo que dejaba de ser divertido, dejaba de ser sólo un juego.

Pero antes, durante y después de ese momento inolvidable, recibí lecturas en voz alta, relatos y canciones por parte de mis padres y mis abuelos. Mi papá era un gran lector y un escritor incipiente. Nos leía antes de dormir con una vela, porque en esa época teníamos sólo algunas noches luz eléctrica, historias de indios y vaqueros norteamericanos. Mi mamá siempre nos contaba el mismo cuento antes de dormir, mientras nos abanicaba con un diario por el calor cuando se cortaba la luz, era la historia de los tres chanchitos desobedientes. Siempre pedíamos la misma historia, creo que hasta hartarla, es que cada vez le salía una versión distinta, y eso era lo interesante. No sé si estos cuentos llegaron después o antes de los de vaqueros, pero son inolvidables, me refiero a los “Cuentos de la Selva” de Horacio Quiroga. Cómo nos reíamos con el loro pelado, cómo me intrigaron las picaduras de las corales en las patas de los flamencos, cómo me maravillaba cada vez que imaginaba a la tortuga gigante… Cuando empecé la carrera de Letras había un taller de ingresantes, la profe que coordinaba nos dio como consigna relatar qué nos leían cuando éramos niños. Todos nombraron títulos de cuentos clásicos más bien europeos, yo dije "Cuentos de la selva" cuando fue mi turno y, lamentablemente, porque fue muy frustrante, la profesora se burló de mí como si le estuviera mintiendo. Me quedé muda, sentí que era un pecado que me hubieran leído eso y no "Caperucita Roja" o "La bella durmiente"…

Así veo yo al loro pelado de "Cuentos de la selva" de Horacio Quiroga

Mi papá siempre me compró revistas Billiken y Anteojito; religiosamente íbamos a la ciudad más cercana todas las semanas a proveernos de material de lectura para todos porque no había librería ni canales para ver en la tele, sólo un par del Paraguay, pero con una programación muy pobre. Teníamos tantas revistas de todo tipo que ya no teníamos donde guardarlas: National Geographic, revistas de diseño de casas, Patoruzú y Patorucito, historietas de Disney, de autos, de todo un poco. Sólo en las vacaciones íbamos más lejos a ciudades más grandes y pasábamos por librerías ¡de libros!, entonces volvíamos con varios cada uno bajo el brazo. Recuerdo una vez que fuimos a Brasil y yo lloré, chillé, patalée para que me compren, aunque estuvieran en portugués, las historietas de el Pato Donald y sus tres sobrinos, y otra de Mickey y sus tres sobrinas. No sé cómo hice, pero me las leí en portugués y las entendí, eran tan copadas que no me las quería perder. Los libros que más disfruté fueron los de una trilogía llamada “Ami el niño de las estrellas” de Enrique Barrios, porque fue mi primer contacto con el amor en la literatura. Desde entonces sólo quería leer novelas de amor para niños y jóvenes, y mi papá me daba el gusto.

"Ami, el niño de las estrellas" de Enrique Barrios (Tomo 1 de una trilogía)
En mi adolescencia Cortázar fue crucial, "Rayuela" era mi biblia. Cuando ya me decidí por estudiar Letras descubrí la Filosofía, leía mucho, me gustaba, nos juntábamos a discutir conceptos filosóficos, escribíamos, publicábamos, era un lindo ambiente intelectual, eso fue en Salta. En esa ciudad hay un hermoso parque donde se toma el teleférico al cerro San Bernardo, por ahí cerca hay muchas casillas donde venden libros usados, descubrir ese lugar me convenció de que si en Salta se vendía libros usados en la plaza, era un buen lugar para vivir. Ahí me compré muchos libros, los que mejor recuerdo son "Romancero Gitano" de García Lorca porque tenía una profe de literatura española que realmente te hacía amar lo español; y un libro de Platón con varias obras antologadas donde leí la teoría de la caverna, la definición del amor homosexual como estrategia para la guerra que me sorprendió mucho, la amenaza que representaba la cultura escrita para la memoria de los pueblos, entre otras cosas. Mientras, trabajaba gracias al francés, lengua en la que también leí muchas revistas y un libro inolvidable y difícil: “Colomba” de Merimée. Trabajé  en hostales salteños que se llenaban de jóvenes de todas partes del mundo. Ese intercambio fue muy rico, incluyó libros, relatos de viajes principalmente. Una vez se me enamoró un belga y me regaló un libraco en francés que había leído mientras cuidaba gatos monteces en la selva boliviana, lo guardo como un tesoro insólito, pero todavía no lo leí.

"Rayuela"de Julio Cortázar
"Vagabundeando en el eje del mal" de Juan Pablo Villarino

No puedo olvidar "Memorias del fuego" de Eduardo Galeano. La trilogía completa siempre estuvo en la biblioteca de mi casa, pero sólo me gustó el tomo 1, "Los naciemientos", que cada tanto vuelvo a leer. La historia de América contada otra vez desde un punto de vista latinoamericanista, hizo que existiera este blog, con este nombre: "Chica latinoamericana".

Llegó mi turno y viajé a dedo hasta Ecuador con un novio que había publicado sus propios libros de relatos de viajes (en algunos aparezco porque antes ya habíamos viajado juntos). A él le fue muy bien, por suerte, y sigue viajando por el mundo y escribiendo. Durante ese viaje que duró meses, leí dos libros que "solté" en el camino, con un montón de mensajes escritos por mí en sus hojas, esperando que quien lo encontrara me escribiera un e-mail, pero eso nunca ocurrió, igual todavía no pierdo las esperanzas, porque dejé muchas huellas de ese viaje escrito en esos libros, ojalá algún día vuelva a verlos, siento un poco de nostalgia al haberlos abandonados así, a uno en una "gasolinera" de Máncora, Perú, a otro en un bar de Copacabana, Bolivia. El primera fue"El albergue de las muejeres tristes" de Marcela Serrano, chilena, que me pareció muy triste para el viaje que estaba haciendo, pero de todos modos me dejó con muchas ganas de conocer la Isla de Chiloé en Chile; alguna vez iré a ver si la imagen de mi memoria en algo se parece a la imagen real de ese lugar. Ah, a ese libro lo compré en el parque de libros usados en Salta, que fue el primer lugar donde paramos cuando inició el viaje. El otro libro fue "El paraíso en la otra esquina" de Mario Vargas Llosa, cuando lo compré en una edición pirata en las hermosas playas bohemias de Máncora, Perú, todavía no era premio Novel. Ese libro me encantó, es el que más extraño, mezcla la vida de dos personajes, el pintor francés Gauguin, y su abuela franco-peruana Flora Tristán. Fue muy divertido viajar por Perú leyendo un viaje entre Oceanía, Francia y Lima. Encima a la vuelta volví a pasar por Lima y me encontré parada en la calle Flora Tristán! fue muy emocionante...

"El albergue de las mujeres tristes" de Marcela Serrano


"El paraíso en la otra esquina" de Mario Vargas Llosa


Mi papá también siguió escribiendo, pero no podía leer sus textos porque no podía separar la idea de padre de la de autor, no podía entender algunas cosas que mi papá escribía, y la realidad y la ficción se me confundían. Ahora, por suerte, ya puedo entender muchas de esas cuestiones, creo que he madurado en ese sentido, como lectora. Al menos un poquito.

"Como si todo fuera poco" de Humberto Hauff
Qué más… Antes, cuando era adolescente (lo fui hasta los 25 más o menos), “Rayuela” era mi texto sagrado, después de un tiempo, cuando tuve que volver a leerlo en la facu, dejó de producirme cosquillas en la panza, las otras obras de Cortázar tampoco me sacudían, y sentí como un desengaño amoroso literario.  Paradójicamente, Borges no me gustaba, cuando terminé de leer “Rayuela” había intentado leer a Borges, pero fue muy forzado porque no lograba disfrutarlo, y cuando tuve que leer nuevamente a Jorge Luis en la facu, el mismo año que releí “Rayuela”, me enamoré de Borges y pude disfrutarlo muchísimo. "El libro negro" de Orhan Pamuk me hizo soñar con Estambul, una ciudad llena de magia y misterio, y la elegí para analizarla en mi último seminario de literatura de la carrera de Letras. Amo esa obra, y el trabajo que me llevó leerla y releerla, y escribir sobre ella. Fue un vínculo muy intenso.

"El libro negro" de Orhan Pamuk
Hacía mucho que un texto, a pesar de que siempre leo, no me movilizaba tanto, y este verano me reencontré con la sensación de amor a un libro en “Crónica del pájaro que da cuerda al mundo” de Haruki Murakami. Creo que hay un libro para cada momento de nuestras vidas, cuando ese momento ya pasó, tiene que reemplazarlo otro libro, al menos eso es lo que me pasa.

"Crónica del pájaro que da cuerda al mundo" de Haruki Murakami


Desde el año pasado empecé a descubrir, gracias a mi trabajo, el mundo de la LIJ (literatura infantil y juvenil). Me maravillan los libros-álbum, especialmente aquellos que están realizados por verdaderos artistas y que parecen más para adultos que para niños. Tal vez porque uno no puede saltarse etapas en la vida, en algún momento las tiene que vivir, y como yo no tuve tantos cuentos para niños en mi niñez, ahora los estoy disfrutando. Lo mejor de la LIJ es el efecto de leer un libro en voz alta a un niño, compartir ese momento es realmente mágico, porque uno ve cómo va dejando una huella, y todos queremos dejar una impronta constructiva en esta vida. Es maravilloso. Cada día me enamoro más de la literatura porque siempre hay algo nuevo por descubrir en ella.

"Inmigrantes" de Shaun Tan

"El árbol rojo" de Shaun Tan

3 comentarios:

Taguato dijo...

Simplemente...Excelente Ceci!.

Marcela dijo...

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Otoniel dijo...

Me encanta tu blog!!!!